miércoles 12 de agosto de 2009

Cuestión de lenguas

El canibalismo no me escandaliza. Será por haber crecido escuchando la comprensión nacional hacia los sobrevivientes de la Tragedia de los Andes. O por unos dibujos de los indios antropófagos de Brasil que me mostraba mi padre. O porque todos los niños de mi familia fueron chanchitos que generación tras generación hemos corrido por la casa hasta agarrarlos y comerlos a besos y mordiscos entre carcajadas y pataletas.

No había notado en mí esta ausencia del tabú hasta que recibí gritos de espanto y arcadas mientras describía el argumento del apasionante libro que estoy leyendo. En “El sabor de un hombre”, (1995) de la croata Slavenka Drakulic, la protagonista devora a su amante, como se puede adivinar gracias al título. La pareja se conoce en una biblioteca de Nueva York. Ella es una poeta polaca que está haciendo un doctorado en literatura. Él, José, es un antropólogo brasileño que ganó un beca de tres meses para completar su investigación sobre la relación entre la Iglesia Católica y el canibalismo uruguayo en aquel famoso accidente de avión. Ella habla polaco, él portugués. Los amantes se comunican en inglés. Pero la lengua extranjera no les alcanza, no logran llegar al otro. Empiezan a cocinar, a comunicar a través de la comida. Se van descubriendo entre feijoadas y caldos polacos. Y mucho contacto corporal, claro. Esa necesidad de poseer al otro la llevan hasta el extremo más prohibido. En las páginas de la escritora encontramos una minuciosa descripción de cada uno de los aspectos psicológicos y prácticos del repugnante acto de comer carne humana. No faltan detalles de como cortar un cuerpo con una sierra eléctrica sin ensuciar demasiado. Casi casi es un manual de canibalismo para mujeres.

En los “Escritos antropófagos” de Oswald de Andrade (que curiosamente la Drakulic no cita) la antropofagia aparece como la única forma para crear una vanguardia artística que pertenezca al Brasil. Comerse al otro quiere decir devorar la cultura occidental para construir algo nuevo. Las ideas de de Andrade se reasumen en la magnífica frase “Tupí or not tupí that is the question”. En “El sabor de un hombre” el proceso es individual, pero el resultado es el mismo: a través del otro yo me transformo, dejo de ser yo mismo porque tengo dentro de mí al otro ser. Pero tampoco soy el otro, finalmente soy algo nuevo que encierra a los dos seres y a la vez los transforma.

Me tranquiliza, y sobre todo tranquiliza a los que me rodean, saber que si bien puedo comer carne cruda (hasta el momento he probado encantada la de vaca y la de pescado) soy totalmente incapaz de tocar un cadaver (de ser humano, de gato, de pollo o de pescado).

No sé si la Drakulic sea o no una gran escritora. Lo que me fascina de sus trabajo es esa obsesión, como buena socióloga, de penetrar en los misterios humanos. Su libro de ensayos “Café Europa” me abrió los ojos sobre lo que pasó y está pasando en los países de Europa del Este que poco a poco estoy recorriendo. Leyéndola me sorprendo de todo lo que tengo en común con una mujer mayor crecida en un país comunista entre Europa y los Balcanes. Tal vez tenga que ver con una lengua femenina, que no sé bien dónde se encuentra ni cómo reconocerla, pero que me hace sentir una profunda empatía.

Buen provecho.

miércoles 5 de agosto de 2009

El origen del nombre


Me contaron que cuando mis padres estaban de novios fueron al cine a ver “Doctor Zhivago.” Era un estreno con varios años de atraso, como era común en el Uruguay de la época. Mi madre, que todavía no había cumplido veinte años, lloraba enredando su melena lacia en los hombros de mi padre. Ya en la calle ella le hizo jurar que cuando tuvieran una hija la llamarían Larissa.
La historia me pareció muy romántica. Hasta que vi la película.

Con el tiempo supe que el nombre es de origen griego, y su difusión en Rusia, con los diminutivos como Lara, Laruska, se deben, justamente, a la influencia griega. Una amiga histórica del arte me contó que era el nombre que se les daba a las mujeres que pertenecían a la ciudad, las que tenían un rol importante dentro de la organización de las urbes en la Grecia Antigua.

En estos días terminé de leer el libro de Pasternak. Es una obra importante que en 1957, cuando sale la primera edición (en italiano, porque en la URSS estaba censurada) crea un caos político. Por ese motivo en 1958 Pasternak se sintió obligado a rechazar el Premio Nobel que ya había aceptado.
En el libro Larissa Fedorovna (Lara) Guichard Antipov no es la protagonista. El protagonista es él, el Dr. Zhivago. O mejor: la protogonista es una Rusia inclemente que arrastra como si fuera una marejada a todos los personajes hacia destinos trágicos.
La película la vi hace mucho, pero cómo olividar la escena final. Desde la ventanilla de un tranvía el Dr., desesperado, ve por las calles de Moscú a Lara. Le está dando un ataque al corazón, quisiera llamarla pero no puede. Y la tonta de Julie Christie, Lara, sigue caminando de espaldas, impertérrita. Nanni Moretti cita la escena en “Palombella Rossa”, exasperado grita a la pantalla: “Voltati! Voltati!”. No funciona. Ella no se da vuelta y Omar Sharif muere. En la novela de Pasternak no sucede así. El Dr. fallece en un tranvía, pero sin ver a Lara.
Tratando de resumir 600 páginas, sería algo así:
Empieza más o menos con la primera revolución rusa, la de 1905 y terminamos allá por los años 30. El joven Jurij Zhivago, huérfano, estudia medicina guiado por un tío intelectual. Se casa con su amiga de la infancia. Escribe y va a la guerra. Allí conoce a Lara, pero no pasa nada. En 1917 se escapa de Moscú con su familia. Se encuentra con Lara, se hacen amantes. El día que la deja y decide volver con su mujer lo secuestran los partisanos. Años después se escapa, vuelve a buscar a su familia pero se habían marchado. Encuentra a Lara. Se esconden juntos por un tiempo hasta que él, temiendo por su vida, la salva con un engaño. Vuelven a separase. Zhivago vaga por la capital hecho un trapo de piso. Se junta con otra mujer y tiene más hijos. Hasta que un día, antes de cumplir los 40, muere.
Como en una novela rusa que se respete hay muchos personajes secundarios. El autor además incluye, con un estilo poético, largas meditaciones.
Yo no pude evitar leer el libro como si tuviera algo que ver conmigo (absurdo). No tengo ninguna competencia para hablar de literatura rusa. Como lectora delirante y subjetiva encontré el libro poético, pujante y a veces a la orilla de la desesperación.
¿A quién no se le escaparía un lagrimón? Casi al final, Zhivago se encuentra con Antipov, el marido de Lara. No se agarran a las piñas como vulgares seres humanos. En un diálogo conmovedor descubrimos que Antipov se había ido a combatir con los mencheviques en honor a Lara, para que nadie más sufriera la pobreza, para que pagaran los culpables de su infelicidad. Zhivago le confiesa que Lara lo amaba, que lo había esperado siempre y le repite palabra por palabra lo que le había dicho de él. El marido, escuchando a Zhivago como si fuera la personficación de su mujer se deja vencer por la emoción. Pero lo están por agarrar los rojos y para evitarlo se suicida.
¿Y Lara? Mi tocaya crece en la más absoluta pobreza. Se vende a un hombre abominable. Se casa con Antipov, un héroe. Pero él se va con los revolucionarios. Se hace amante de Zhivago que la querrá mucho pero siempre se siente culpable por la mujer. Se pasa lavando ropa, pisos y cocinando papas entre las ratas. Se separa de Zhivago. Su marido, por la seguridad de ella y la de su hija no acepta verlas. Tiene otra hija de Zhivago pero la abandona. Termina en un gulag. Pero es muy linda, con una personalidad avasallante, eso sí.
Ahora me pregunto. Si el nombre de otra mujer, como si fuera un destino, pudiera marcar el mío. ¿qué nombre eligiría? Lo pensé mucho. Quisiera llamarme Batichica.