El canibalismo no me escandaliza. Será por haber crecido escuchando la comprensión nacional hacia los sobrevivientes de la Tragedia de los Andes. O por unos dibujos de los indios antropófagos de Brasil que me mostraba mi padre. O porque todos los niños de mi familia fueron chanchitos que generación tras generación hemos corrido por la casa hasta agarrarlos y comerlos a besos y mordiscos entre carcajadas y pataletas.No había notado en mí esta ausencia del tabú hasta que recibí gritos de espanto y arcadas mientras describía el argumento del apasionante libro que estoy leyendo. En “El sabor de un hombre”, (1995) de la croata Slavenka Drakulic, la protagonista devora a su amante, como se puede adivinar gracias al título. La pareja se conoce en una biblioteca de Nueva York. Ella es una poeta polaca que está haciendo un doctorado en literatura. Él, José, es un antropólogo brasileño que ganó un beca de tres meses para completar su investigación sobre la relación entre la Iglesia Católica y el canibalismo uruguayo en aquel famoso accidente de avión. Ella habla polaco, él portugués. Los amantes se comunican en inglés. Pero la lengua extranjera no les alcanza, no logran llegar al otro. Empiezan a cocinar, a comunicar a través de la comida. Se van descubriendo entre feijoadas y caldos polacos. Y mucho contacto corporal, claro. Esa necesidad de poseer al otro la llevan hasta el extremo más prohibido. En las páginas de la escritora encontramos una minuciosa descripción de cada uno de los aspectos psicológicos y prácticos del repugnante acto de comer carne humana. No faltan detalles de como cortar un cuerpo con una sierra eléctrica sin ensuciar demasiado. Casi casi es un manual de canibalismo para mujeres.
En los “Escritos antropófagos” de Oswald de Andrade (que curiosamente la Drakulic no cita) la antropofagia aparece como la única forma para crear una vanguardia artística que pertenezca al Brasil. Comerse al otro quiere decir devorar la cultura occidental para construir algo nuevo. Las ideas de de Andrade se reasumen en la magnífica frase “Tupí or not tupí that is the question”. En “El sabor de un hombre” el proceso es individual, pero el resultado es el mismo: a través del otro yo me transformo, dejo de ser yo mismo porque tengo dentro de mí al otro ser. Pero tampoco soy el otro, finalmente soy algo nuevo que encierra a los dos seres y a la vez los transforma.
Me tranquiliza, y sobre todo tranquiliza a los que me rodean, saber que si bien puedo comer carne cruda (hasta el momento he probado encantada la de vaca y la de pescado) soy totalmente incapaz de tocar un cadaver (de ser humano, de gato, de pollo o de pescado).
No sé si la Drakulic sea o no una gran escritora. Lo que me fascina de sus trabajo es esa obsesión, como buena socióloga, de penetrar en los misterios humanos. Su libro de ensayos “Café Europa” me abrió los ojos sobre lo que pasó y está pasando en los países de Europa del Este que poco a poco estoy recorriendo. Leyéndola me sorprendo de todo lo que tengo en común con una mujer mayor crecida en un país comunista entre Europa y los Balcanes. Tal vez tenga que ver con una lengua femenina, que no sé bien dónde se encuentra ni cómo reconocerla, pero que me hace sentir una profunda empatía.
Buen provecho.
No sé si la Drakulic sea o no una gran escritora. Lo que me fascina de sus trabajo es esa obsesión, como buena socióloga, de penetrar en los misterios humanos. Su libro de ensayos “Café Europa” me abrió los ojos sobre lo que pasó y está pasando en los países de Europa del Este que poco a poco estoy recorriendo. Leyéndola me sorprendo de todo lo que tengo en común con una mujer mayor crecida en un país comunista entre Europa y los Balcanes. Tal vez tenga que ver con una lengua femenina, que no sé bien dónde se encuentra ni cómo reconocerla, pero que me hace sentir una profunda empatía.
Buen provecho.
